Durante mucho tiempo, muchas mujeres aprendimos que amar era darlo todo, incluso cuando eso significaba quedarnos vacías.
Nos enseñaron que el sacrificio era una prueba de amor, que “si lo amas, aguanta”.
Pero esa idea es el terreno perfecto donde florece la codependencia.
La codependencia nace cuando tu bienestar depende del estado emocional de otra persona.
Tu día se define por si el otro está bien o mal.
Si se enoja, te culpas; si se apaga, intentas salvarlo.
Y aunque parezca cariño, en el fondo es miedo: miedo a no ser suficiente si dejas de dar.
El amor propio, en cambio, te enseña algo muy distinto:
que cuidar de ti no es egoísmo, es responsabilidad.
Que poner límites no significa dejar de amar, sino amar sin perderte.
Estas son tres señales de que estás viviendo desde la codependencia y no desde el amor propio:
- Te cuesta decir “no” por miedo a decepcionar.
- Sientes culpa cuando te eliges a ti.
- Tu valor depende de cuánto das, no de quién eres.
Sanar la codependencia no se trata de dejar de amar, sino de amar desde un lugar más consciente.
De reconocer que tú también mereces tu propia atención, tu cuidado y tu energía.
Cuando empiezas a quererte de verdad, dejas de rescatar para empezar a acompañar.
Y ahí nace el amor más sano de todos: el que te da paz, no ansiedad.

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